En agosto publicamos la noticia de que en la República Dominicana el ministro de Industria, Comercio y Mipymes, Víctor -Ito- Bisonó, presentó una estrategia nacional para dar apertura a la industria de semiconductores en la República Dominicana. De hecho, se creó recientemente el decreto 324-24, que declara esta industria como una prioridad nacional.
El ministro se refirió a los semiconductores como un pilar fundamental para la innovación y el desarrollo tecnológico del país, cosa que puede ser cierta pero que también podría ser un caramelo envenenado para el país.
Para aquellas personas que no están familiarizados con la industria tecnológica, les explico que los semiconductores (SC) son materiales indispensables para la fabricación de cualquier aparato electrónico, como por ejemplo, los teléfonos inteligentes, computadoras, vehículos, lámparas LED, en fin, son fundamentales en la fabricación de una gran cantidad de componentes electrónicos que utilizamos diariamente como microchips, diodos, transistores y circuitos integrados, ya que se encargan de permitir el paso de la corriente eléctrica.
Pero ¿por qué una isla como República Dominicana debería pensarse mejor abrir las puertas a la fabricación de semiconductores? Porque, así como los celulares y las computadoras no pueden funcionar sin semiconductores, los semiconductores no pueden existir sin agua, mucha agua y ultra purificada.
El agua es crucial en todas las fases de la fabricación de semiconductores, tanto, que esta gran dependencia se ha convertido en una de las grandes vulnerabilidades para la vorágine que supone la industria mundial del chip.
De acuerdo al World Economic Forum y a un informe de S&P Global, el consumo de chips aumenta hasta un diez por ciento cada año y muchos de los productores más grandes de los mismos, operan en zonas propensas a la escasez de agua y el cambio climático empieza a ser, finalmente, una película de terror para las industrias.
El informe señala que el consumo de agua de las empresas de semiconductores está aumentando a medida que los procesos de producción se vuelven más avanzados. La fabricación de semiconductores ya consume tanta agua como Hong Kong, una ciudad de 7,5 millones de habitantes.
La demanda de agua de TSMC en sus fábricas de Taiwán, que representó el 58 % de todo el mercado mundial de obleas de semiconductores en el tercer trimestre de 2023, podría duplicarse respecto del nivel de 2022 para 2030, según estimaciones de S&P Global. El informe advierte que, si la empresa calcula mal su gestión del suministro de agua, el resultado podría ser que no alcance las previsiones de producción para 2030 en hasta un diez por ciento.
Teniendo en cuenta que, los cambios en los patrones climáticos están haciendo que la disponibilidad de agua sea impredecible, con condiciones climáticas más extremas, sequías y lluvias menos frecuentes, es lógico que las grandes industrias tecnológicas estén en busca de nuevos territorios para enchufar sus mangueras y seguir produciendo aparatos cargados de tecnología y agua pura, lo que nos vuelve a traer a la isla, a la República Dominicana.
Ahora que se ha previsto que la escasez de agua probablemente hará subir el precio de los chips, debido a que la industria experimente un déficit en su oferta cuando se enfrenten a una sequía severa, es imperativo detenerse a recordar ciertas cosas. Tan solo unos meses atrás, para ser más concreta el 21 de marzo del 2024, la Corporación del Acueducto y Alcantarillado De Santo Domingo (Caasd) informó que la producción de agua potable se situó en unos 379 millones de galones diarios, debido a una reducción de lluvias que impactó las cuencas de los ríos, producto de la sequía estacionaria que suele atravesar el país (de noviembre a mediados de abril de cada año).
A través de un comunicado, la institución explicó que desde mediados de febrero se había registrado una disminución en la producción del preciado líquido, que pasó de 475 millones de galones diarios a 379 millones, una baja en la producción de 96 millones de galones diarios. Esto afectó el servicio de manera parcial en sectores del Distrito Nacional, Santo Domingo Oeste, Santo Domingo Este, Pantoja, Los Girasoles, Los Alcarrizos y Pedro Brand.
Para mitigar la situación, la única solución fue poner en marcha un plan de contingencia que comprendió la disponibilidad de 95 unidades de camiones cisterna alquilados para incrementar la distribución de agua potable en los sectores más afectados y se le solicitó a la población hacer un uso racional del agua sólo en labores esenciales domésticas, de manera tal que se evitase el lavado de vehículos y el riego de plantas innecesario.
En este país, aun sin industria de semiconductores, es obligatorio recordar que, en marzo de 2019, el Instituto Interamericano para la Agricultura Dominicana, advertía que las pocas precipitaciones registradas desde mediados de 2018 a inicios de 2019 habían causado una severa sequía, la cual afectó al sector agropecuario y la población en general.
Los datos oficiales que ofreció el Ministerio de Agricultura en ese momento, anunciaron que se invirtió más de RD$150 millones para mitigar los efectos de la sequía en el sector agropecuario, y aun así, en la Línea Noroeste murieron alrededor de 1,200 vacas, lo que ocasionó un déficit significativo en la producción de leche.
El déficit de lluvias que ha da origen a esta sequia anual se vio exacerbado por los efectos del fenómeno El Niño, un patrón climático caracterizado por intenso calor, y cuyas predicciones apuntan a aumentar a nivel global, manifestándose en efectos más adversos en diferentes regiones del mundo.
¿Qué pasará con la agricultura y el suministro del agua en las ciudades si al fenómeno de El Niño le sumamos la industria de los semiconductores como prioridad nacional? ¿Realmente ganará el país si se necesitan entre 1.400 y 1.600 galones de agua corriente para producir 1.000 galones de agua ultra pura? Hay que pensar en eso, sin dejar de lado que, además de su enorme consumo de agua, la fabricación de chips también produce aguas residuales que contienen contaminantes, incluidos metales pesados, que son tóxicos para los ecosistemas acuáticos y los seres humanos.
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